El vuelo de Gladys Conde

Cuando Gladys Conde empieza a cantar el mundo termina. Junto a la guitarra de su esposo Omar Vargas construye un espacio sonoro en el que nos despierta mientras nos duerme en dulce melodía. Desde un enfoque tradicional, la música que Gladys compone revalora el canto andino como energía transformadora, de arrullo para niños y grandes. Ha publicado tres discos y precisamente relanzó el último, “El Vuelo de Katari”, en el ICPNAC el pasado 24 de julio. Conozca a una de nuestras artistas más importantes y su vuelo por Cusco.

Artículos Cuscopólita El vuelo de Katari

¿Qué cosa es El Vuelo de Katari?

Katari es Amaru, pero en aymara. Es un ave, una serpiente, a veces le ponen cola de pez, alas de cóndor, de su boca emergen otras serpientes más. Tiene muchas formas dentro de la memoria de la gente. Está relacionado con el agua porque siempre trabaja circularmente y cuando pasa por debajo de la tierra genera movimientos sísmicos, de ahí da vueltas y sube hasta arriba, y del cielo otra vez retorna, entonces cumple ese ciclo. Entonces también cuando compongo estoy ligada a mi herencia, a mi arraigo, a lo que las abuelas hacían, sus miedos, sus vivencias, los condenados, toda esa oralidad que llevan y que me he quedado fijada. Como el Katari da vuelta y alberga todo ese ritmo biológico, natural, también mi tradición tiene ese ritmo, muchas veces mágico y otros muy concretos. El Katari es un ejemplo más de lo que es el proceso de la tradición.

¿Qué experimentas al cantar?

Un amigo siempre decía: cuando uno hace música detiene el tiempo. No es que yo lo detengo, sino cuando estoy en ejecución es como que estoy en la nada, un vacío absoluto, el silencio, ni siquiera existo yo, solo dejas fluir el ánima misma de la canción.

¿De dónde todo tu trabajo con el arrullo?

Artículos Cuscopólita Gladys Conde y Omar VargasA mí me interesa mucho la educación, sobre todo la inicial y cuando era profesora veía una carencia musical. No había un momento en el que el niño pueda contemplarse a sí mismo, existía una ruptura ahí. Empiezo a abrir los ojos y entender que los niños en el campo, o yo misma cuando era niña en la ciudad, aprendía de lo que mi madre me enseñaba: en las noches se ponía a cantar y yo cantaba igual que ella, o cuando mi tío me hacía cosquillas y yo era feliz con esas cosquillas. Eso me motivó a captar la música cotidiana de corte tradicional que sí enseña, que el niño no capta tan consciente, sino sobrepasa el lado del ser consciente y queda en su parte interna. Esto sin razonamiento, porque cuando la madre piensa le entra el cliché “que mi hijo tiene que ser así y tengo que darle esto” entonces en música le da Vivaldi, Mozart, para desarrollar las inteligencias múltiples o tal canción porque le desarrolla la matemática, que es una cosa muy directa, pero cuando la madre no piensa y su hijo llora ¿qué le hace? “ya, ya, ya, shh, shh, shh, shh” (canta). Encuentro hallé ahí unos sonidos primigenios que son lo suficiente para generar el proceso de un arrullo, de acudirle, asistirle.

¿El arrullo también puede ser para adultos?

Claro. Todos siempre estamos arrullándonos. El arrullo es la sutileza, el detalle de lo que hacemos. Lo cotidiano es bueno, pero cuando tú das algo distinto a eso ya estás generando un espacio donde la persona puede encontrar otro tipo de disfrute. El arrullo te permite abrir los ojos. El arrullo reconforta muy adentro. Chicos que sus nanas han sido campesina, cuando converso con ellos, ahora que son grandes tienden a ser muy querendones con la música serrana, o generan propuestas interesantes y les pregunto: “¿Por qué te gusta todo esto?¿Con quién has sido criado?” me dicen que sus padres no vivían con ellos, sino su nana. Ahí te da una seña de la ligazón que tuviste a tu primera edad perdura por toda una vida y se manifiesta cuando eres profesional.

“Ahorita estoy en el proceso de componer y hacer mis estudios de maestría en Terapia de Artes Expresivas”.

¿A ti te arrullaban de chica?

No mucho, es curioso. Mi primer contacto con la música fue mi madre. Cuando yo tenía 3 o 4 años mi mamá me veía deforme, tenía encorvada la espalda, una joroba. Entonces mi mamá me ponía un palito, me atravesaba acá, como a las siete de la noche y apagaba las luces y se pasaba cantando, caminando, era mi ejercicio de toda la noche. Ha sido mi mejor arrullo. Mi madre era costurera, siempre estaba cosiendo y cantando, ella fue mi primera maestra.

¿Alguna vez incluiste el canto para transformar o curar?

Mira, me gusta mucho las plantas, la medicina tradicional. Tenía mi abuelita Vicentina que fue curandera. Nunca pude vivir con ella pero me hablaba mi papá que le curaba dolores con orín caliente en el estómago y yo de niña paraba las orejas, siempre estaba atenta a las recetas de la mamá. Eso me ha llevado a la música en realidad, porque cuando ya era grande he sufrido mucho de los pulmones, hasta el hecho de que hace como seis años ya no podía cantar. Le tenía pavor a las clínicas, hospitales, nunca me daban una respuesta de lo que tenía, me decían que me iba a morir, que tenía embolia, entonces decidí por mi cuenta investigar y en este proceso trataba de entender mi cuerpo. Es ahí donde empecé a componer. No sé si directamente mis canciones hablen de plantas, medicina, todo ello, pero las melodías sí emergían de este proceso de investigación.

“Ya no hay que vivir apartados entre los músicos, darnos cabida, ir a los conciertos. Debemos dejar de decir me gusta o no me gusta, solo dar la mano porque va a ser un puente importante para que pueda seguir”.

Ahora estás armando un grupo de investigación y conocimiento de plantas medicinales, ¿cómo te sientes al respecto?

Es un compartir. Si yo tuve una experiencia terapéutica con las plantitas, y también con el dolor físico como emocional, puedes sugerir cosas a tu entorno. Ahí están todas esas plantas que están por algo en este espacio y por algo convivimos con ellas, me gusta que el profesor Justo Mantilla comparta lo que sabe, como puente y no quedarse la información, dar y conocer. Es un proceso, deseo que la memoria no se pierda nada más.

“Me encanta el trabajo de Omar Vargas porque los arreglos de guitarra son otra composición que se suma a la mía: no sigue la pieza melódica como yo las escribo, sino que hace otra que se ensambla”.

¿Qué se viene creativamente?

Tengo dos producciones de música de arrullo para presentar: Quillawawachay el Wanamey. Lo estamos elaborando con Omar Vargas. El Quillawawachaestá programado para octubre o noviembre de este año y el otro para el próximo año.A veces ya no pienso en nada, estoy más tranquila. Por gusto uno se anticipa a las cosas, dicen que en el silencio es donde se hacen las cosas.

¿Cómo ves el arte contemporáneo en Cusco?

Hay propuestas y todo lo que se haga es bienvenido. Eso nos alimenta, siempre llega a alguien. He visto a los Chintatá, mi hijo es fan de ellos, porque quieren generar un argumento, una historia. Así como ellos he visto muchas propuestas.

Lo que nos falta a los artistas es creen en lo que hacemos. Estamos llevando ese cliché de artista deprimido. Tenemos la propuesta, solo eso nos falta. El Ministerio de Cultura está haciendo cosas interesantes, lo que hicieron en el Koricancha, verla a Sonia Jasmina, Verónica Compi, Los Panchitos, se está armando algo más compacto. Falta la confianza, que va más allá de lo que es industria musical, sino que va por el lado más íntimo. Darle personalidad a lo que haces. Eres tú.

 

Discografía

  • Zorrito Ramón 2011
  • Intiwawacha 2012
  • Vuelo de Katari 2013