Julio Ramón Ribeyro, El Narrador del Enigma de la Sociedad Peruana

Julio Ramón Ribeyro

La primera vez que leí a nuestro cuentista estrella, era un adolescente, no sabía mucho de literatura y empecé a leer destartalado librito que compilaba también escritores jóvenes para la época en que se editó, una pequeña antología de cuentos peruanos de mi padre; lo hacía justamente porque no tenía nada que ver con el colegio. Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1929 – 1994) me fascinó porque su cuento “La Insignia” (1952) no tenía nada que ver con el turbulento aspecto social del Perú, tiene un extraño aire a Kafka y te deja en una preciosa confusión en poco más de 3 minutos que dure su lectura…¿por qué entonces Ribeyro es el cuentista “realista” que describe mejor nuestra sociedad?. De hecho, Ribeyro a diferencia de los grandes escritores del boom literario no se reconoce nunca como revolucionario, más bien fue un reaccionario confesándolo: “Hasta 1952, en mis discusiones y conversaciones universitarias yo adoptaba una actitud retrógrada. Incluso pensaba, por ejemplo, que el indígena peruano era un ser completamente degenerado, que los gamonales tenían la razón, que las comunidades eran improductivas y atrasadas, en fin” (1)

El articulista no quiere fungir de desmitificador de héroes porque, en primer lugar, considera que no hay nada malo en el Ribeyro real -más allá del realismo literario, casi digo hiperrealismo- y en segundo lugar, porque Ribeyro es un héroe personal, fue uno de los más grandes artistas peruanos que nos universalizó siendo, sin embargo, un escritor absolutamente particular –recordemos sus prosas “apátridas”-

Julio Ramón RibeyroEn términos “sociales”, Ribeyro era de clase media, pasó su niñez entre Lince y Miraflores, estudió en el Colegio Champagnat de Lima donde sobresalió por su brutal timidez; de familia de rectores de San Marcos prefirió, sin embargo, estudiar -siguiendo los deseos familiares de que sea abogado- en la Universidad Católica desde 1946 justamente porque: “el ambiente ahí era más tranquilo, sin huelgas, con poca política” (2); pero ese mismo año, la familia descenderá un peldaño social por la muerte del padre teniendo que alquilar gran parte de su casa. A pesar de ello, el joven Ribeyro no quería perder su aristocrático estilo que lo acercaban a ese antiguo dandismo limeño a lo Valdelomar, aunque sus influencias más próximas eran europeas: Guy de  Maupassan, Balzác y todo el realismo decimonónico imbuido de neoclasismo.

Su alejamiento del derecho se acendraba más a medida que pasaban los años y en cada oportunidad bebe más decididamente de las artes, especialmente de la música: “¡Cómo añoro esas mañanas que pasaba en el teatro Municipal, oyendo los ensayos de la sinfónica, en lugar de asistir a mis cursos de la Facultad de Derecho!…Aprendí a distinguir el sonido del oboe, del corno inglés, del violín, de la viola…” (3). Esta pasión fue aflorada junto a un amigo Teodorito Schneidewind pero sobre todo por un profesor de música de Viena: Theo Buchwald –inspiración para: “La música, el maestro Berenson y un servidor”-

En 1948 Odría da un golpe de Estado y al reaccionario Ribeyro realmente no le importó, alternaba los juegos de ajedrez en casa con noches cada vez más bohemias en el billar y saliendo a bares del centro (como El Palermo) o de Surquillo (en el Triunfo) junto a escritores como Eleodoro Vargas Vicuña o Francisco Bendezú; en esos años conoce en un prostíbulo de la Victoria a Estrella a quien hará celebre unos años después. La generación del 50 estaba en ciernes y desbarataba el Palais Concert con ágiles manos que llevaban cigarrillos que intoxicaban la ciudad, una cada vez más migrante, más bizarra, más oscura. Ribeyro había tenido su primer encuentro con su enfermizo amor, el cigarro, a los 15 años, ahora la iba necesitando cada vez más, era una parte de su atuendo, de sus manos y por tanto, de su genio fresco y diferente, para el cuentista no era posible conciliar el aire puro con la literatura.

Julio Ramón RibeyroAsí, a los 20 años publica su primer cuento en la revista Correo Bolivariano: “La Vida Gris” (1949), sobre Roberto, un personaje ni pobre ni rico, ni feliz ni triste, que jamás consigue descender tanto ni consigue sus metas, un mediocre absolutamente, para Ribeyro será la esencia de todos sus cuentos. El enrarecimiento de su primeriza obra llega en 1952 con cuentos como: “El Cuarto sin Numerar”, “la Careta”, “la Insignia” o “la Huella”, esta última publicada en la revista Letras Peruanas de Jorge Puccinelli quien confirma la timidez del joven escritor y también su evidente influencia del género fantástico; hoy podemos afirmar su inclinación total hacia Kafka, por sus enigmas asfixiantes, por su cadencias secas pero hipnotizante, por su obsesión con el infinito y todo ello apoyado en estructuras neoclásicas del siglo pasado, definitivamente Ribeyro era un escritor absolutamente diferente. En esa época, aparte de la publicación silenciosa de sus extraños cuentos, dos sucesos serán importantes en su vida: una borrachera descomunal en el bar Continental a la que llama “república de las botellas” o “recinto de vómitos y pugilatos” y su esperada deserción de la carrera de derecho justo en su último año (1952) para irse a Madrid por una beca de periodismo que hoy sabemos se hizo básicamente por su talento para escribir. Pero Ribeyro temía todo, confiesa incluso que se siente sobrexcitado ante la excesiva confianza que le dan los poetas del círculo de Puccinelli, era algo muy grande para él; sin embargo, al siguiente año gana un concurso de cuentos convocado por el Instituto de Cultura Hispánica, se va entonces a La Sorbona a hacer una tesis sobre literatura francesa, el inseguro e itinerante escritor vuelve a dejar los estudios y viaja por temporadas a Alemania.

Entre viaje y viaje publicará: “El Primer Paso” (1955), “Cuentos de Circunstancias” (1958), o su novela “Los Geniecillos Dominicales” (1965), donde a través de su personaje Ludo Totem, no otro que el mismo Ribeyro, hace célebre a la esmirriada prostituta limeña Estrella. Pero su impresionante “Gallinazos Sin Pluma” (1955) lo volverá inmortal, el cuento simboliza al Perú entero como una urbe descorazonada que se va comiendo a sí misma como el cerdo Pascual al que los niños Efraín y Enrique le tienen que conseguir alimento a costa de sus vidas, caminando por las calles como Ribeyro de niño que dando un paso adelante se encontraba con la burguesía hipócrita y dando un paso atrás se encontraba con el basural de los “otros” peruanos; ese era el secreto del escritor: estar en la línea exacta, observar los simples y vulgares detalles de la cotidianeidad para derrumbar cualquier ideal de país o de mundo cimentado en ínfulas de doble rasero moral, todo partía de la Vida Gris, de la simple medianía que es la vida

julio-ribeyro-4El escritor volverá al Perú en 1958 y cortamente será profesor y director cultural de la Universidad Nacional de Huamanga (Ayacucho), de la sierra profunda volverá a la Ciudad de las Luces y seguirá siendo el esoterista que más se acerca a nuestra realidad sin quererlo, sin querer palparla porque una mano narradora podía infectarse con la realidad, su novela: “Crónica de San Gabriel” (1960), crucifica al Perú en nombre de la injusticia histórica e infinita a la serranía; luego vendrían “Tres Historias Sublevantes” (1964) o “Cambio de Guardia” (1976) en la que relata un golpe militar en un estilo desusado por lo diferente y ya no por lo anticuado; entonces observamos el advenimiento definitivo del escritor social por antonomasia cuando se publica su monumental antología en 4 volúmenes: “La Palabra del Mudo” (1973), es decir, la voz del inocente, del oprimido, también de Estrella, de Ludo Totem, del blanquiñoso Alfredo y su mucama mestiza (De Color Modesto) o del mulato Roberto ‘Bobby’ López (Alienación) quien busca desesperadamente blanquearse para amar un corazón blanco, blanquísimo, sin color ni  vergüenza.

Entonces, ¿cómo el kafkiano pasó a ser el mejor intérprete de nuestra sociedad?; evidentemente Ribeyro es un existencialista abstracto por eso toma la realidad cruda a su antojo, logra ver las grietas entre las cosas simples que nadie ve y desde allí Crea agrietando todo muro, toda realidad que termina siendo un constructo, un artificio de nación, de país, de mundo y su interpretación personal resulta siendo más real que la realidad misma, la lee sin esfuerzo, la desnuda, la dibuja. “En la próspera Francia democrática, la visión de un par de barrenderos franceses le hace notar que ´toda revolución no soluciona los problemas sociales sino que los transfiere de un grupo a otro, no siempre minoritario´ nos comenta Roncagliolo y da más demostraciones: “En el París post68, se burla de los jóvenes hirsutos y barbudos que arengan a los obreros a levantar las barricadas, mientras los proletarios quieren pasar su domingo en paz después de trabajar toda la semana” (4)

En pleno boom del realismo mágico, Ribeyro se consagra como un hiperrealista y mientras pasan los grises 70s sus amores se desbandan con sus historias: Ribeyro se casó en 1966 con Alida Cordero pero no pudo divorciarse del cigarrillo, “el fumar se había ido ya enhebrando con casi todas las ocupaciones de mi vida. Fumaba no solo cuando preparaba un examen, sino cuando veía una película, cuando jugaba ajedrez…cuando tenía un problema, cuando lo resolvía. Mis días estaban así recorridos por un tren de cigarrillos” (5); por el vicio vendió sus mejores ejemplares de Balzac, de Valery, todo ese exquisito realismo que lo hacían un aristócrata venido a menos, según confesó cada día se sentía peor porque tosía con frecuencia, sufría de acidez, fatiga, pérdida de apetito, mareos y padecía de una úlcera estomacal. Todo esto le generó una hemorragia; los médicos le advirtieron que debía de dejar la adicción o podría morir, en esa lucha pergeña un increíble ataque primero con la panoplia narrativa del ensayo: “Prosas Apátridas” (1975), y luego con la última estampida de cuentística ribeyriana: “Sólo para Fumadores” (1987). Entre ambos tenemos una serie de descubrimientos: el Ribeyro teatral (por ejemplo: Atusparia, 1981) y el confesor con las memorias: “La Tentación del Fracaso”. Definitivamente Ribeyro no es sólo un cuentista gigante, es un escritor, un artista o un mago que hace del ocultismo abstracto memoria social de la realidad.

Cuando los intentos de rehabilitación no pudieron más, habiendo sido ya detectado con cáncer al esófago, terminó su periplo y volvió a su país que ya estaba convertido en una fantasía terrorífica (1993), ese año lo distinguen tardíamente con el Premio Nacional de Cultura (antes lo hicieron con el de Literatura en 1983) y luego con el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (1994), eso no le bastaba a Ribeyro: la vida siempre fue gris como el cielo limeño, como el sentimiento serrano y como el fantasmal humo de cigarro que lo exorcizaba paseando por sus entrañas para salir transformado aunque parezca lo mismo, más o menos así fue la clave para entender la realidad sin querer entenderla, seguirá siendo una fatalidad enigmática ya que sólo tenemos con Ribeyro una certeza: la de la incertidumbre total.

Julio Ramón Ribeyro

Murió con un cigarro en el bolsillo y con la fascinación del brujo que nunca descubre para nosotros su brujería, sólo se le escuchará decir: “Es penoso irse del mundo sin haber adquirido una sola certeza. Todo mi esfuerzo se ha reducido a elaborar un inventario de enigmas”